La conversación se suspende porque viene la tía.

—El padre quiere que te dispongas á confesarte, hija,—dice ésta;—dejadla para que haga su examen de conciencia.

—Pero ¡si no hace una semana que se confesó!—protesta Sinang.—Yo no estoy enferma y no peco tan á menudo.

—¡Abá! ¿no sabéis lo que dice el cura? el justo peca siete veces al día. Vamos ¿quieres que te traiga el Ancora, el Ramillete ó el Camino recto para ir al cielo?

María Clara no contestó.

—Vamos, no te has de fatigar,—añade la buena tía para consolarla; yo misma te leeré el examen de conciencia y tú no harás sino recordar los pecados.

—¡Escríbele que no piense más en mí!—murmuró María Clara al oído de Sinang, cuando se despedía de ella.

—¿Cómo?

Pero la tía entró y Sinang tuvo que alejarse, sin comprender lo que su amiga le había dicho.

La buena tía acercó una silla á la luz, púsose los anteojos sobre la punta de la nariz, y abriendo un librito, dijo: