—Pon mucha atención, hija mía; voy á empezar por los mandamientos de la ley de Dios; iré despacio para que puedas meditar; si no me has oído bien, me lo dirás para que lo repita; ya sabes que por tu bien no me canso jamás.
Empezó á leer con voz monótona y gangosa las consideraciones acerca de los casos pecaminosos. Al fin de cada párrafo ponía una larga pausa, para dar tiempo á la joven de recordar sus pecados y arrepentirse.
María Clara miraba vagamente al espacio. Terminado el primer mandamiento de amar á Dios sobre todas las cosas, obsérvala tía Isabel por encima de los anteojos y se queda satisfecha de su aire meditabundo y triste. Tose piadosamente, y después de una larga pausa, comienza el segundo mandamiento. La buena anciana lee con unción, y terminadas las consideraciones, mira otra vez á su sobrina, que vuelve lentamente la cabeza á otro lado.
—¡Bah!—dijo para sí tía Isabel;—en esto de jurar su santo nombre, la pobrecita no tendrá nada que ver. Pasemos al tercero.
Y el tercer mandamiento fué desmenuzado y comentado, y leídos todos los casos en que se peca contra él, vuelve á mirar hacia la cama; pero ahora la tía levanta las gafas, y se restriega los ojos: ha visto á su sobrina llevarse el pañuelo á la cara como para enjugar lágrimas.
—¡Hum!—dice,—¡ejem! La pobre se durmió durante sermón.
Y volviendo á colocar los anteojos sobre la punta de su nariz, se dijo:
—Vamos á ver si, así como no ha santificado las fiestas, no ha honrado padre y madre.
Y lee el cuarto mandamiento con voz más pausada y gangosa aún, creyendo dar así mayor solemnidad al acto, como había visto hacer á muchos frailes: tía Isabel no había oído jamás predicar á un cuákero, si no se habría puesto también á temblar.
La joven, entretanto, se lleva varias veces el pañuelo á los ojos, y su respiración se hace más perceptible.