—¡Qué alma tan buena!—piensa para sí la anciana;—¡ella que es tan obediente y sumisa con todos! Yo he tenido más pecados y nunca he podido llorar de veras.
Y comenzó el quinto mandamiento con mayores pausas y una gangosidad más perfecta aún si cabe, con tanto entusiasmo, que no oyó los ahogados sollozos de su sobrina. Sólo á una pausa que hizo, después de las consideraciones sobre el homicidio á mano armada, percibió los gemidos de la pecadora. Entonces el tono pasó de lo sublime, leyó lo que restaba del mandamiento con acento que procuró hacer amenazador, y viendo que su sobrina seguía aún llorando:
—¡Llora, hija, llora!—le dijo acercándose al lecho;—cuanto más llores más pronto te ha de perdonar Dios. Ten el dolor de contrición mejor que el de atrición, ¡Llora, hija, llora! ¡no sabes cuánto gozo viéndote llorar! Date también golpes de pecho, pero no muy fuertes, porque todavía estás enferma.
Mas, como si el dolor para crecer necesitase el misterio y la soledad, María Clara, al verse sorprendida, cesó poco á poco de suspirar y secó sus ojos sin decir una palabra ni contestar á su tía.
Esta prosiguió la lectura, pero, como el llanto de su público había cesado, perdió el entusiasmo, los últimos mandamientos le dieron sueño y le hicieron bostezar, con gran detrimento de la monótona gangosidad, que así se interrumpía.
—¡A no verlo no lo creería!—pensaba después la buena anciana;—¡esta niña peca como un soldado contra los cinco primeros, y del sexto al décimo ni un pecado venial, al revés de nosotras! ¡Cómo va el mundo ahora!
Y encendió un gran cirio á la Virgen de Antipolo y otros dos más pequeños á Nuestra Señora del Rosario y á Nuestra Señora del Pilar, teniendo cuidado de apartar y poner en un rincón un crucifijo de marfil, para darle á entender que por él no se habían encendido los cirios. La Virgen de Delaroche tampoco tuvo participación: es una extranjera desconocida, y tía Isabel no había oído hasta ahora ningún milagro suyo.
No sabemos qué habrá pasado en la confesión de aquella noche; nosotros respetamos esos secretos. La confesión fué larga, y la tía, que desde lejos vigilaba á su sobrina, pudo notar que el cura, en vez de aplicar el oído á las palabras de la enferma, tenía por el contrario la cara vuelta hacia ella, y no parecía sino que quería leer en los hermosos ojos de la joven los pensamientos ó adivinarlos.
Pálido y con los labios contraídos, salió el padre Salví del aposento. Al ver su frente obscura y cubierta de sudor, se habría dicho que era él el que se había confesado y no mereció la absolución.
—¡Jesús, María y José!—dijo la tía santiguándose para apartar un mal pensamiento;—¿quién comprende á las jóvenes ahora?