XLV

Los perseguidos

A favor de la débil claridad, que difunde la luna al través de las espesas ramas de los árboles, un hombre vaga por el bosque con paso lento y reposado. De vez en cuando y como para orientarse, silba una melodía particular, á la que suele responder otra lejana entonando el mismo aire. El hombre escucha atento, y después prosigue su camino en la dirección del lejano sonido.

Por fin, al través de mil dificultades que ofrece de noche una selva virgen, llega á un pequeño claro, bañado por la luna en su primer cuarto. Elevadas rocas, coronadas de árboles, se levantan alrededor formando una especie de derruído anfiteatro; árboles recién cortados, troncos carbonizados llenan el medio, confundidos con enormes peñascos, que la naturaleza cubre en parte con su manto de verde follaje.

Apenas el desconocido hubo llegado, cuando otra figura, saliendo repentinamente de detrás de una gran roca, avanza y sacando un revólver:

—¿Quién eres?—pregunta en tagalo con voz imperiosa, amartillando el gatillo de su arma.

—¿Está entre vosotros el viejo Pablo?—preguntó el primero con voz tranquila, sin contestar á la pregunta ni intimidarse.

—¿Hablas del capitán? Sí, está.

—Díle entonces que aquí le busca Elías,—dijo el hombre que no era otro que el misterioso piloto.