—¿Sois vos, Elías?—preguntó el desconocido con cierto respeto y acercándose, sin dejar por eso de apuntarle con su revólver;—entonces... venid.
Elías le siguió.
Penetraron en una especie de caverna, que se hundía en las profundidades de la tierra. El guía, que sabía el camino, advertía al piloto cuando debía descender, inclinarse ó arrastrarse; sin embargo, no tardaron mucho y llegaron á una especie de sala, alumbrada miserablemente por antorchas de brea, ocupada por doce ó quince individuos armados, de fisonomías siniestras y trajes sucios, sentados unos, acostados otros, hablando entre sí apenas. Apoyados los codos sobre una piedra, que hacía el oficio de mesa, y contemplando meditabundo la luz que difundía tan poca claridad para tanto humo, se veía un anciano de fisonomía triste, la cabeza envuelta en una venda ensangrentada: si no supiéramos que aquella era una caverna de tulisanes, diríamos, al leer la desesperación en el rostro del anciano, que era la torre del Hambre en la víspera de devorar Ugolino á sus hijos.
A la llegada de Elías y de su guía, los hombres medio se incorporaron, pero á una señal del último se tranquilizaron, contentándose con examinar al piloto, que estaba completamente sin armas.
El anciano volvió lentamente la cabeza y se encontró con la seria figura de Elías, que le contemplaba descubierto, lleno de tristeza é interés.
—¿Eres tú?—preguntó el anciano, cuya mirada, al reconocer al joven, se animó algún tanto.
—¡En qué estado os encuentro!—murmuró Elías á media voz y moviendo la cabeza.
El anciano bajó la cabeza en silencio, hizo una seña á los hombres, los cuales se levantaron y se alejaron, no sin medir antes con una mirada la estatura y los músculos del piloto.
—¡Sí!—dijo el anciano á Elías luego que se encontraron solos;—hace seis meses, cuando te di abrigo en mi casa, era yo el que me compadecía de tí; ahora la suerte ha cambiado, y eres tú quien me compadeces. Pero siéntate, y dime cómo has llegado hasta aquí.
—Hace unos quince días que me han hablado de vuestra desgracia,—contestó el joven lentamente en voz baja, mirando hacia la luz;—púseme al instante en camino y os he estado buscando de monte en monte: he recorrido casi dos provincias.