»Por no derramar sangre inocente, he tenido que huir; mis enemigos temían presentarse y sólo me ponían delante unos infelices, que no me han hecho el más pequeño mal.

Después de una corta pausa, que Elias empleó para leer los pensamientos en el sombrío semblante del anciano, repuso:

—He venido para proponeros una cosa. Habiendo buscado inútilmente algún resto de la familia que ha causado la desgracia de la mía, he decidido dejar la provincia en donde vivo, para emigrar hacia el norte y vivir entre las tribus infieles ó independientes: ¿queréis dejar la vida que comenzáis y veniros conmigo? Seré vuestro hijo, pues que habéis perdido los que teníais, y yo que no tengo familia, tendré en vos un padre.

El anciano movió la cabeza negativamente, y dijo:

—A mi edad, cuando se toma una resolución desesperada, es porque no hay otra. Un hombre que, como yo, ha pasado su juventud y su edad madura trabajando para el propio porvenir y el de sus hijos; un hombre que ha sido sumiso á todas las voluntades de sus superiores, que ha desempeñado á conciencia pesados cargos, sufrido todo para vivir en paz y en una tranquilidad posible; cuando este hombre, cuya sangre ha enfriado el tiempo, renuncia á todo su pasado y á todo su porvenir en los bordes mismos de la tumba, es porque ha juzgado maduramente que la paz ni existe ni es el supremo bien. ¿A qué vivir miserables días en tierra extranjera? Yo tenía dos hijos, una hija, un hogar, una fortuna; gozaba de consideración y aprecio; ahora estoy como un árbol despojado de sus ramas, vago fugitivo, cazado como una fiera en el bosque, y todo ¿por qué? Porque un hombre ha deshonrado á mi hija, porque los hermanos pidieron cuenta de la infamia á ese hombre, y porque ese hombre está colocado por encima de los demás con el título de ministro de Dios. Con todo, yo, padre, yo, deshonrado en mi vejez, he perdonado la injuria, indulgente con las pasiones de la juventud y las debilidades de la carne, y ante un mal irreparable, ¿qué debía yo hacer sino callarme y salvar lo que me ha quedado? Pero el criminal ha tenido miedo ante una venganza más ó menos próxima, y buscó la perdición de mis hijos. ¿Sabes qué ha hecho? ¿No? ¿No sabes que se fingió un robo en el convento, y entre los acusados figuró uno de mis hijos? Al otro no se le pudo incluir porque estaba ausente. ¿Sabes las torturas á que fueron sometidos? ¡Las conoces porque son las de todos los pueblos! ¡Yo, yo vi á mi hijo colgado de los cabellos, yo oí sus gritos, yo oí que me llamaba, y yo, cobarde y acostumbrado á la paz, no he tenido el valor ni de matar ni de morir! ¿Sabes que el robo no se probó, que se vió la calumnia y que en castigo el cura fué trasladado á otro pueblo, y mi hijo murió á consecuencia de la tortura? El otro, el que me quedaba, no era cobarde como su padre, y temiendo el verdugo que no vengara en él la muerte del hermano, so pretexto de no tener cédula de vecindad, que momentáneamente había olvidado, fué preso por la guardia civil, maltratado, irritado y provocado á fuerza de injurias hasta obligarle al suicidio. ¡Y yo, yo he sobrevivido después de tanta vergüenza, pero si no he tenido el valor de padre para defender á mis hijos, quédame un corazón para la venganza y me vengaré! ¡Los descontentos se van reuniendo bajo mi mando, mis enemigos aumentan mi campo, y el día en que me considere fuerte, bajaré al llano y extinguiré en el fuego mi venganza y mi propia existencia! ¡Y ese día llegará ó no hay Dios[1]!

Y el anciano se levantó agitado y, con la mirada centellante y la voz cavernosa, añadió mesándose sus largos cabellos:

—¡Maldición, maldición sobre mí que he contenido la mano vengadora de mis hijos; yo los he asesinado! ¡Hubiera dejado que el culpable muriese, hubiese creído menos en la justicia de Dios y en la de los hombres, y ahora tendría á mis hijos, fugitivos tal vez, pero los tendría y no habrían muerto entre torturas! ¡Yo no había nacido para ser padre, por eso no los tengo! ¡Maldición sobre mí que no he aprendido con mis años á conocer el medio en que vivía! ¡Pero en fuego y sangre, y en mi muerte propia sabré vengaros!

El desgraciado padre, en el paroxismo de su dolor, se había arrancado la venda, abriéndose una herida que tenía en la frente, de la que cayeron gotas de sangre.

—Respeto vuestro dolor,—repuso Elías,—y comprendo vuestra venganza; yo también soy como vos, y sin embargo, por temor de herir á un inocente, prefiero olvidar mis desdichas.

—¡Tú puedes olvidar porque eres joven y porque no perdiste ningún hijo, ninguna última esperanza! Pero yo te lo aseguro, no heriré á ningún inocente. ¿Ves esta herida? Por no matar á un pobre cuadrillero que cumplía con su deber, me la he dejado hacer.