—Pero ved,—dijo Elías después de un momento de silencio;—ved en qué espantosa hoguera vais á sumir á nuestros desgraciados pueblos. Si cumplís la venganza por vuestra mano, vuestros enemigos tomarán terribles represalias, no contra vos, no contra los que están armados, sino contra el pueblo que suele ser el acusado, según la costumbre, y entonces ¡cuántas injusticias!
—¡Que el pueblo aprenda á defenderse, que cada cual se defienda!
—¡Sabéis que eso es imposible! Señor, os he conocido en otra época cuando érais feliz, entonces me dabais sabios consejos; ¿me permitiréis?...
El anciano se cruzó de brazos y pareció atender.
—Señor,—continuó Elías midiendo bien sus palabras;—yo he tenido la fortuna de haber podido prestar un servicio á un joven rico, de buen corazón, noble y que ama el bien de su país. Dicen que este joven tiene amigos en Madrid; no lo sé, pero sí os puedo asegurar que es amigo del Capitán general. ¿Qué decís si le hacemos portador de las quejas del pueblo, si le interesamos en la causa de los infelices?
El anciano sacudió la cabeza.
—¿Dices que es rico? Los ricos no piensan más que en aumentar sus riquezas; el orgullo y la pompa los ciegan, y como generalmente están bien, sobre todo cuando tienen poderosos amigos, ninguno de ellos se molesta por los desgraciados. ¡Lo sé todo porque fuí rico!
—Pero el hombre de que os hablo no se parece á los otros; es un hijo que ha sido insultado en la memoria de su padre; es un joven que, como ha de tener dentro de poco familia, piensa en el porvenir, en un buen porvenir para sus hijos.
—Entonces es un hombre que va á ser feliz; nuestra causa no es la de los hombres felices.
—¡Pero es la de los hombres de corazón!