—¡Sea!—repuso el anciano sentándose;—supón que consienta en llevar nuestra voz hasta al Capitán general, supón que encuentre en la corte diputados que aboguen por nosotros, ¿crees que se nos hará justicia?
—Intentémoslo antes de tomar una sangrienta medida,—contestó Elías.—Os debe extrañar que yo, otro desgraciado, joven y robusto, os proponga á vos, anciano y débil, medidas pacíficas; pero es que yo he visto tantas miserias causadas por nosotros como por los tiranos: el inerme es el que paga.
—Y ¿si no conseguimos nada?
—Algo se conseguirá, creedme; no todos los que gobiernan son injustos. Y si nada conseguimos, si desoyen nuestras voces, si el hombre se ha vuelto sordo á los gritos de dolor de sus semejantes, ¡entonces me tendréis á vuestras órdenes!
El viejo, lleno de entusiasmo, abrazó á Elías.
—Acepto tu proposición, Elías; sé que cumples tu palabra. Vendrás á mí y yo te ayudaré á vengar á tus antepasados, tú me ayudarás á vengar á mis hijos, ¡mis hijos que eran como tú!
—Entretanto evitaréis, señor, toda medida violenta.
—Expondrás las quejas del pueblo, tú las conoces ya. ¿Cuándo sabré la contestación?
—Dentro de cuatro días enviadme un hombre á la playa de San Diego, y le diré la que me dé la persona en quien espero... Si acepta, nos harán justicia, y si no, seré el primero que caerá en la lucha que emprenderemos.
—Elías no morirá, Elías será el jefe, cuando capitán Pablo caiga satisfecho en su venganza,—dijo el anciano.