Y él mismo acompañó al joven hasta fuera de la cueva.
[1] ¿Tanauan ó Pateros? (Nota de la edición de Berlín). Se refiere al lugar en que debió ocurrir el hecho relatado. [↑]
XLVI
La gallera
Para santificar la tarde del domingo se va generalmente á la gallera en Filipinas, como á los toros en España. La riña de gallos, pasión introducida en el país y explotada hace un siglo, es uno de los vicios del pueblo, más trascendental que el opio entre los chinos; allí va el pobre á arriesgar lo que tiene, deseoso de ganar dinero sin trabajar; allí va el rico para distraerse, empleando el dinero que le sobra de sus festines y misas de gracia; pero la fortuna que juegan es suya, el gallo está educado con mucho cuidado, con más cuidado quizás que el hijo, sucesor del padre en la gallera, y esto disculpa á los jugadores.
Puesto que el gobierno lo permite, y hasta casi lo recomienda, mandando que el espectáculo sólo se dé en las plazas públicas, en días de fiesta (para que todos puedan verlo y el ejemplo anime?), después de la misa mayor hasta el obscurecer (ocho horas), asistiremos á este juego para buscar á algunos conocidos.
La gallera de San Diego no se diferencia de las demás que se encuentran en otros pueblos más que en algunos accidentes. Consta de tres departamentos: el primero, ó sea la entrada, es un gran rectángulo de unos veinte metros de largo por catorce de ancho; á uno de sus lados se abre una puerta, que generalmente suele guardar una mujer, encargada de cobrar el sa pintû, ó sea el derecho de entrada. De esta contribución, que cada uno pone allí, percibe el gobierno una parte, algunos centenares de miles de pesos al año: dicen que con este dinero, con que el vicio paga su libertad, se levantan magníficas escuelas, se construyen puentes y calzadas, se instituyen premios para fomentar la agricultura y el comercio... ¡Bendito sea el vicio que tan buenos resultados produce!—En este primer recinto están las vendedoras de buyo, cigarros, golosinas y comestibles, etc.; allí pululan los muchachos que acompañan á sus padres ó tíos, que les inician cuidadosos en los secretos de la vida.
Este recinto comunica con otro de proporciones un poco mayores, una especie de foyer donde el público se reune antes de las soltadas[1]. Allí están la mayor parte de los gallos, sujetos por una cuerda al suelo mediante un clavo de hueso ó de palma brava; allí los tahures, los aficionados, el perito atador de la navaja; allí se contrata, se medita, se pide prestado, se maldice, se jura, se ríe á carcajadas; aquel acaricia su gallo, pasándole la mano por encima del brillante plumaje; éste examina y cuenta las escamas de las patas; refiérense las hazañas de los héroes; allí veréis muchos, con el semblante mohino, llevar de los pies un cadáver desplumado: el animal que fué el favorito durante meses, mimado, cuidado día y noche y en el cual cifraban halagüeñas esperanzas, ahora no es más que un cadáver y va á ser vendido por una peseta, para ser guisado con jengibre y comido aquella misma noche: ¡sic transit gloria mundi! El perdidoso vuelve al hogar donde le esperan la inquieta esposa y los haraposos hijos, sin el capitalito y sin el gallo. De todo aquel dorado sueño, de todos aquellos cuidados durante meses, desde que despunta el día hasta que el sol se oculta, de todas aquellas fatigas y trabajos, resulta una peseta, las cenizas que quedan de tanto humo.—En este foyer discute el menos inteligente; el más ligero examina concienzudamente la materia, pesa, contempla, extiende las alas, palpa los músculos á aquellos animales. Unos van muy bien vestidos, seguidos y rodeados de los partidarios de sus gallos; otros, sucios, con el sello del vicio marcado en el escuálido semblante, siguen ansiosos los movimientos de los ricos y atienden á las apuestas, porque la bolsa puede vaciarse, pero no saciarse la pasión: allí no hay rostro que no esté animado; allí no está el filipino indolente, el apático, el callado: todo es movimiento, pasión, afán; diríase que tienen esa sed que aviva el agua del cieno.