De este lugar se pasa á la arena que llaman rueda. El piso, cercado de cañas, suele ser más elevado que el de los dos anteriores. En la parte superior, y tocando casi al techo, hay graderías para los espectadores ó jugadores, que vienen á ser lo mismo. Durante el combate se llenan estas graderías de hombres y niños que gritan, vociferan, sudan, riñen y blasfeman: por fortuna casi ninguna mujer llega hasta allí. En la rueda están los prohombres, los ricos, los famosos tahures, el contratista, el sentenciador. Sobre el suelo, apisonado perfectamente, luchan los animales, y desde allí distribuye el destino á las familias risas ó lágrimas, festines ó hambre.
A la hora en que entramos, vemos ya al gobernadorcillo, á capitán Pablo, á capitán Basilio, á Lucas, el hombre de la cicatriz en la cara, que tanto sintiera la muerte de su hermano.
Capitán Basilio se acerca á uno del pueblo y le pregunta:
—¿Sabes qué gallo trae capitán Tiago?
—No lo sé, señor; esta mañana le han llegado dos, uno de ellos es el lásak que ganó el talisain del cónsul.—¿Crees que mi búlik[2] puede luchar con él?
—¡Ya lo creo! ¡Pongo mi casa y mi camisa!
En aquel momento llegaba capitán Tiago. Vestía como los grandes jugadores, camisa de lienzo Cantón, pantalón de lana y sombrero de jipijapa. Detrás venían dos criados, llevando el lásak y un gallo blanco de colosales dimensiones.
—¡Sinang me ha dicho que María va cada vez mejor!—dice capitán Basilio.
—¿Perdió usted anoche?
—Un poco; sé que usted ha ganado... voy á ver si me desquito.