—¡Qué feas casas tienen esos indios!—empezó doña Victorina haciendo una mueca;—yo no sé cómo pueden vivir allí: se necesita ser indio. Y ¡qué mal educados son y qué orgullosos! ¡Se encuentran con nosotros y no se descubren! Pégales en el sombrero como hacen los curas y los tenientes de la guardia civil, enséñales urbanidad.
—Y ¿si me pegan?—pregunta el doctor de Espadaña.
—¡Para eso eres hombre!
—¡Pe... pero estoy cojo!
Doña Victorina se iba poniendo de mal humor: las calles no estaban adoquinadas, y la cola de su bata se llenaba de polvo. Encontrábase además con muchas jóvenes que, al pasar á su lado, bajaban los ojos y no admiraban, como debían, su lujoso traje. El cochero de Sinang, que conducía á ésta y á su prima en un elegante tres por ciento[1], tuvo la desfachatez de gritarle ¡tabî! con voz tan imponente, que ella tuvo que apartarse y sólo pudo protestar:
«¡Mírale al bruto del cochero! Le voy á decir á su amo que eduque mejor á sus criados.»
—¡Volvámonos á casa!—mandó á su marido.
Este, que temía una tormenta, giró sobre su muleta obedeciendo el mandato.
Encontráronse con el alférez, saludáronse y esto aumentó el descontento de doña Victorina: el militar no sólo no le hizo ningún cumplido por su traje, sino que casi lo examinó con burla.
—Tú no debías darle la mano á un simple alférez,—dijo á su marido al alejarse aquél; él apenas tocó su capacete y tú te quitaste el sombrero; ¡no sabes guardar el rango!