—¡El es jefe a ... aquí!

—Y ¿qué nos importa? ¿Somos acaso indios?

—¡Tienes razón!—contestó él que no quería reñir.

Pasaron delante de la casa del militar. Doña Consolación estaba en la ventana, como de costumbre, vestida de franela y fumando su puro. Como la casa era baja, se miraron, y doña Victorina la distinguió bien: la Musa de la guardia civil la examinó tranquilamente de pies á cabeza, y después, sacando el labio inferior hacia adelante, escupió, volviendo la cara á otro lado. Esto acabó con la paciencia de doña Victorina, y dejando á su marido sin apoyo, se cuadró enfrente de la alféreza, temblando de ira y sin poder hablar. Doña Consolación volvió lentamente la cabeza, la examinó de nuevo tranquilamente y escupió otra vez, pero con mayor desdén.

—¿Qué tiene usted, doña?—pregunta.

—¿Puede usted decirme, señora, por qué me mira usted así? ¿Tiene usted envidia?—consigue al fin hablar doña Victorina.

—¿Yo, envidia yo, y de usted?—dice con sorna la Medusa;—¡sí! ¡le envidio los rizos!

—¡Ven, mujer!—dice el doctor;—¡no le hagas ca... caso!

—¡Deja que le dé una lección á esta ordinaria sin vergüenza!—contesta la mujer dando un empellón á su marido que por poco besa el suelo, y volviéndose á doña Consolación.

—¡Mire usted con quién se trata!—dice;—¡no crea usted que soy una provinciana ó una querida de soldados! En mi casa, en Manila, no entran los alféreces; se esperan en la puerta.