—¡Hola, excelentísima señora Puput! no entrarán los alféreces, pero sí los inválidos, como ese, ¡ja! ¡ja! ¡ja!
A no haber sido por los coloretes, se habría visto á doña Victorina ruborizarse: quiso asaltar á su enemiga, pero el centinela la detuvo. Entretanto la calle se llenaba de curiosos.
—¡Oiga usted! me rebajo hablando con usted; las personas de categoría... ¿Quiere usted lavar mi ropa, la pagaré bien! ¿Cree usted que no sé que era usted lavandera!
Doña Consolacion se irguió furiosa: lo de lavada la hirió.
—¿Cree usted que no sabemos quién es y qué gente trae? ¡Vaya! ¡ya me lo ha dicho mi marido! Señora, yo al menos no he pertenecido más que á uno, pero ¿y usted? Se necesita morir de hambre para cargar con el sobrante, el trapo de todo el mundo.
El tiro le dió en la cabeza á doña Victorina; remangóse, cerró los puños y apretando los dientes empezó á decir:
—¡Baje usted, vieja cochina, que le voy á machacar esa sucia boca! ¡Querida de un batallón, ramera de nacimiento!
La Medusa desapareció rápidamente de la ventana, y pronto se la vió bajar corriendo, agitando el látigo de su marido.
Suplicante se interpuso don Tiburcio, pero habrían venido á las manos, si no hubiese llegado el alférez.