—¡Eduque usted mejor á su mujer, cómprele mejores vestidos y si no tiene dinero, robe usted á los del pueblo, que para eso tiene usted soldados!—gritaba doña Victorina.
—¡Aquí estoy, señora! ¿por qué no me machaca V. E. la boca? ¡Usted no tiene más que lengua y saliva, doña Excelencias!
—¡Señora!—decía el alférez furioso;—¡dé usted gracias que yo me acuerde de que es usted mujer, que si no la reventaba á puntapiés con todos sus rizos y cintajos!
—¡Se... señor alférez!
—¡Ande usted, matasanos! ¡No lleva usted pantalones, Juan Lanas!
Armóse una de palabras y gestos, una de gritos, insultos é injurias; sacáronse todo lo sucio que guardaban en sus arcas, y como hablaban cuatro á la vez y decían tantas cosas, que desprestigian á ciertas clases, sacando á relucir muchas verdades, renunciamos aquí á escribir cuanto se dijeron. Los curiosos, si bien no entendían todo lo que se decían, divertíanse no poco y esperaban que llegasen á las manos. Desgraciadamente vino el cura y puso paz.
—¡Señores, señoras! ¡qué vergüenza! ¡Señor alférez!
—¿Qué se mete usted aquí, hipócrita, carlistón?
—Don Tiburcio, llévese usted á su señora! ¡Señora, contenga usted su lengua!
—¡Eso dígaselo usted á esos roba pobres!