Poco á poco se agotó el diccionario de epítetos, terminó la reseña de las desvergüenzas de cada pareja y, amenazándose é insultándose, se fueron separando poco á poco. Fray Salví iba de una parte á otra animando el espectáculo; ¡si nuestro amigo, el corresponsal, hubiese estado presente!....
—¡Hoy mismo nos vamos á Manila y nos presentamos al Capitán general!—decía furiosa doña Victorina á su marido.—Tú no eres hombre; ¡lástima de pantalones que gastas!
—Pe... pero, mujer, y ¿los guardias? ¡yo estoy cojo!
—Debes desafiarle á pistola ó á sable, ó si no... si no...
Y doña Victorina le miró en la dentadura.
—Hija, no he cogido nunca...
Doña Victorina no le dejó concluir: con un sublime movimiento le arrancó la dentadura en medio de la calle y la pisoteó. El, medio llorando, y ella echando chispas, llegaron á casa. Linares estaba en aquel momento hablando con María Clara, Sinang y Victoria, y como no había sabido nada de la discordia, se inquietó no poco al ver á sus primos. María Clara, que estaba recostada en un sillón entre almohadas y mantas, se sorprendió no poco al ver la nueva fisonomía de su doctor.
—Primo,—dice doña Victorina,—tú desafías ahora mismo al alférez ó si no...
—Y ¿por qué?—pregunta Linares sorprendido.
—Le desafías ahora mismo ó si nosino digo aquí á todos quién eres tú.