—Pero ¡doña Victorina!
Las tres amigas se miran.
—¿Te parece? ¡El alférez nos ha insultado y ha dicho que tú eres lo que eres! La vieja bruja ha bajado con látigo, y éste, éste se ha dejado insultar... ¡un hombre!
—¡Abá!—dijo Sinang;—¡se han peleado y no lo hemos visto!
—¡El alférez le rompió los dientes al doctor!—añadió Victoria.
—Hoy mismo nos vamos á Manila; tú, te quedas aquí á desafiarle, y si no le digo á don Santiago que es mentira cuanto le has contado, le digo...
—¡Pero, doña Victorina, doña Victorina!—interrumpe pálido Linares acercándose á ella, cálmese usted; no me haga usted recordar...—y añadió en voz baja:—No sea usted imprudente, precisamente ahora.
A la sazón que pasaba esto, llegaba capitán Tiago de la gallera, triste y suspirando: había perdido su lásak.
No le dejó tiempo doña Victorina de suspirar; en pocas palabras y muchos insultos le contó cuanto había pasado, se entiende, procurando ponerse en buena luz.
—Linares le va á desafiar, ¿oye usted? ¡Si no, no le deje usted que se case con su hija, no lo permita usted! Si no tiene valor, no merece á Clarita...