—¿Con que te casas con ese señor?—pregunta Sinang cuyos alegres ojos se llenan de lágrimas;—yo sabía que eras discreta, pero no voluble.
María Clara, pálida como la cera, medio se incorpora y mira con espantados ojos á su padre, á doña Victorina y á Linares. Este se ruboriza, capitán Tiago baja los ojos y la señora añade:
—Clarita, tenlo presente; no te cases nunca con un hombre que no lleve pantalones; te expones á que te insulten hasta los perros.
Pero la joven no contestó y dijo á sus amigas:
—Conducidme á mi cuarto, que no puedo andar sola.
Ayudáronla á levantarse; y rodeada su cintura con los redondos brazos de sus amigas, apoyada la marmórea cabeza sobre el hombro de la hermosa Victoria, entró la joven en su alcoba.
Aquella misma noche recogieron ambos cónyuges sus cosas, pasaron la cuenta á capitán Tiago, la cual ascendió á algunos miles, y al día siguiente muy temprano partían para Manila en el coche de éste. Al tímido Linares le confiaron el papel de vengador.