XLVIII

El enigma

Volverán las oscuras golondrinas... (Becquer).

Como había anunciado Lucas, Ibarra llegó al día siguiente. Su primera visita fué para la familia de capitán Tiago con el objeto de ver á María Clara y referir que Su Ilustrísima ya le había reconciliado con la religión: traía una carta de recomendación para el cura, escrita del puño mismo del Arzobispo. No poco se alegró de ello tía Isabel, que quería al joven y no veía con tan buenos ojos el casamiento de su sobrina con Linares. Capitán Tiago no estaba en casa.

—Pase usted,—decía la tía en su medio castellano;—María, don Crisóstomo está otra vez en gracia de Dios; el arzobispo le ha descomulgado.

Pero el joven no pudo avanzar, la sonrisa se heló en sus labios y la palabra huyó de su memoria. Junto al balcón, de pie, al lado de María Clara, estaba Linares, tejiendo ramilletes con las flores y las hojas de las enredaderas; en el suelo yacían esparcidas rosas y sampagas. María Clara, recostada en su sillón, pálida, pensativa, la mirada triste, jugaba con un abanico de marfil, no tan blanco como sus afilados dedos.

A la presencia de Ibarra, Linares se puso pálido y las mejillas de María Clara se tiñeron de carmín. Trató de levantarse, pero, faltándole las fuerzas, bajó los ojos y dejó caer el abanico.

Un embarazoso silencio reinó por algunos segundos. Al fin Ibarra pudo adelantarse y murmurar tembloroso:

—Acabo de llegar y he venido corriendo para verte... Hallo que estás mejor de lo que yo creía.

María Clara parecía que se había vuelto muda, no profería una palabra y continuaba con los ojos bajos.