Ibarra miró á Linares de pies á cabeza, mirada que el vergonzoso joven sostuvo con altivez.
—Vamos, veo que mi llegada no era esperada,—repuso lentamente;—María, perdóname que no me haya hecho anunciar; otro día podré darte explicaciones sobre mi conducta... todavía nos veremos... con seguridad.
Estas últimas palabras acompañadas de una mirada para Linares. La joven levantó hacia él los hermosos ojos, llenos de pureza y melancolía, tan suplicantes y elocuentes, que Ibarra se detuvo confuso.
—¿Podré venir mañana?
—Ya sabes que para mí siempre eres bien venido,—contestó ella apenas.
Ibarra se alejó tranquilo en apariencia, pero con una tempestad en la cabeza y frío en el corazón. Lo que acababa de ver y de sentir era incomprensible: ¿qué era aquello, duda, desamor, traición?
—¡Oh, mujer al fin!—murmuraba.
Llegó, sin notarlo, al sitio donde se construía la escuela. Las obras estaban muy adelantadas; Ñor Juan con su metro y su plomada iba y venía entre los numerosos trabajadores. Al verle corrió á su encuentro.
—Don Crisóstomo,—dijo,—al fin ha llegado usted; todos le esperábamos; mire usted cómo están los muros: ya tienen un metro diez de alto; dentro de dos días tendrán la altura de un hombre. No he admitido más que molave, dungon, ipil, langil; he pedido tíndalo, malatapay, pino y narra[1] para las obras muertas. ¿Quiere usted visitar los subterráneos?
Los trabajadores saludaban respetuosos.