—¡Aquí está la canalización que me he permitido añadir,—decía Ñor Juan;—estos canales subterráneos conducen á una especie de depósito que hay á treinta pasos. Servirá para el abono del jardín; de esto no había en el plano. ¿Le disgusta á usted?
—Todo lo contrario, lo apruebo y le felicito por su idea; usted es un verdadero arquitecto: ¿con quién aprendió usted?
—Conmigo, señor,—contestaba el viejo modestamente.
—¡Ah! antes que se me olvide: que sepan los escrupulosos (por si alguno teme hablar conmigo) que ya no estoy excomulgado; el arzobispo me ha invitado á comer.
—¡Abá, señor, no hacemos caso de las excomuniones! Todos estamos ya excomulgados; el mismo P. Dámaso lo está, y sin embargo sigue tan gordo.
—¿Cómo?
—Ya lo creo; hace un año dió un bastonazo al coadjutor y el coadjutor es tan sacerdote como él. ¿Quién hace caso de excomuniones, señor?
Ibarra divisó á Elías entre los trabajadores; éste le saludó como los demás, pero con una mirada le dió á entender que tenía algo que decirle.
—Ñor Juan,—dijo Ibarra;—¿quiere usted traerme la lista de los trabajadores?
Ñor Juan desapareció, é Ibarra se acercó á Elías, que levantaba solo una gruesa piedra y la cargaba en un carro.