—No, ya sabes que es muy raro y circunspecto, pero debe ser de los nuestros: Don Crisóstomo le ha salvado la vida.
—Por eso también acepté,—dice la primera voz;—don Crisóstomo hace que la curen á mi mujer en casa de un médico en Manila. Me he encargado del convento para arreglar mis cuentas con el cura.
—Y nosotros, del cuartel para decir á los civiles que nuestro padre tenía hijos.
—¿Cuántos seréis?
—¡Cinco, con cinco hay bastante. El criado de don Crisóstomo dice que seremos veinte.
—Y ¿si no salís bien?
—¡St!—dijo uno y todos se callaron.
Veíase á favor de la semiobscuridad venir una sombra, deslizarse siguiendo el cerco: de tiempo en tiempo se detenía como si volviese la cara hacia atrás.
Y no le faltaba motivo. Detrás, á unos veinte pasos, venía otra sombra, mayor, y que parecía más sombra que la primera: tan ligeramente pisaba el suelo, desaparecía con rapidez como si le tragase la tierra cada vez que la primera se detenía y volvía.
—¡Me siguen!—murmuró ésta;—¿será la guardia civil? ¿mentirá el sacristán mayor?