—Dicen que es aquí la cita,—decía en voz baja la segunda sombra;—de algo malo se debe tratar cuando me lo ocultan los dos hermanos.

La primera sombra llegó al fin á la puerta del cementerio. Las tres primeras se adelantaron.

—¿Sois vosotros?

—¿Sois vos?

—¡Separémonos, que me han seguido! Mañana tendréis las armas y á la noche será. El grito es: «¡Viva don Crisóstomo!» ¡Idos!

Las tres sombras desaparecieron detrás de las tapias. El recién llegado se ocultó en el hueco de la puerta y esperó silencioso.

—¡Veamos quién me sigue!—murmuró.

La segunda sombra llegó con mucha precaución y se detuvo como para mirar en torno suyo.

—¡He llegado tarde!—dijo á media voz;—pero acaso vuelvan.

Y como empezaba á caer una lluvia fina y menuda, que amenazaba durar, pensó guarecerse debajo de la puerta.