Naturalmente se encontró con el otro.

—¡Ah! ¿quién sois?—preguntó el recién llegado con voz varonil.

—Y ¿quién sois vos?—contestó el otro tranquilamente.

Un momento de pausa; ambos trataban de reconocerse por el timbre de la voz y distinguirse las facciones.

—¿Qué esperáis aquí?—preguntó el de voz varonil.

—Que den las ocho para tener la carta de los muertos; quiero ganar esta noche una cantidad,—contestó el otro con voz natural;—y vos ¿á qué venís?

—A... lo mismo.

—¡Abá![1] me alegro: así me estaré sin compañero. Traigo cartas; á la primera campanada les pongo albur; á la segunda, gallo; las que se muevan son las cartas de los muertos y hay que disputárselas á tajos. ¿Traéis también cartas?

—¡No!

—¿Entonces?