—Sencillamente; así como les ponéis banca, espero que ellos me la pondrán.

—Y ¿si los muertos no la ponen?

—¿Qué hacer? El juego no se ha hecho aún obligatorio entre los muertos...

Hubo un momento de silencio.

—¿Venís armado? ¿Cómo vais á luchar con los muertos?

—Con mis puños,—contestó el más grande de los dos.

—¡Ah, diablo, ahora me acuerdo! los muertos no apuntan cuando hay más de un vivo, y somos dos.

—¿De veras? pues yo no quiero irme.

—Ni yo, me hace falta dinero,—contestó el más pequeño;—pero hagamos una cosa: juguemos entre los dos, y el que pierda que se aleje.

—Sea...—contestó el otro con cierto disgusto.