—Entonces entremos... ¿tenéis fósforos?
Entraron y buscaron en aquella semiobscuridad un lugar á propósito, y pronto encontraron un nicho sobre el que se sentaron. El más bajo sacó de su salakot unas cartas, y el otro encendió un fósforo.
A la luz miráronse el uno al otro, pero, á juzgar por la expresión de sus rostros, no se conocían. No obstante, nosotros reconoceremos en el más alto y de voz varonil á Elías, y en el menor á Lucas con su cicatriz en la mejilla.
—¡Cortad!—dijo éste, sin dejar de observarle.
Apartó algunos huesos, que encontró sobre el nicho, y sacó un as y un caballo. Elías encendía fósforos uno tras otro.
—¡Al caballo!—dijo, y para señalar la carta puso una vértebra encima.
—¡Juego!—dijo Lucas, y á las cuatro ó cinco cartas sacó un as.
—Habéis perdido,—añadió;—ahora dejadme solo que me busque la vida.
Elías, sin decir una palabra, se alejó perdiéndose en la obscuridad.
Algunos minutos después dieron las ocho en el reloj de la iglesia, y la campana anunció la hora de las ánimas; pero Lucas no invitó á jugar á nadie: no evocó á los muertos, como manda la superstición, sino que descubrió y murmuró algunas oraciones, santiguándose y persignándose con el mismo fervor que lo haría en aquel momento el jefe de la cofradía del santísimo rosario.