Toda la noche siguió lloviznando. A las nueve las calles estaban ya obscuras y solitarias; los faroles de aceite, que cada vecino debe colgar, apenas iluminaban una esfera de un metro de radio: parecían encendidos para hacer ver las tinieblas.

Dos guardias civiles se pasean de un extremo á otro de la calle, cerca de la iglesia.

—¡Hace frío!—decía uno en tagalo, con acento visaya[2]; no cogemos á ningún sacristán; no hay quien componga el gallinero del alférez... Con la muerte del otro se han escarmentado; esto me aburre.

—Y á mí,—contesta el otro;—nadie roba ni alborota; pero, gracias á Dios, dicen que Elías está en el pueblo.

Dice el alférez que el que le coja, estará libre de azotes durante tres meses.

—¡Ah! ¿Sabes de memoria las señas?—preguntó el visaya.

—¡Ya lo creo! estatura alta, según el alférez; regular, según el padre Dámaso; color moreno, ojos negros, nariz regular, boca regular, barba ninguna, pelo negro...

—¡Ah! ¿y señas particulares?

—Camisa negra, pantalón negro, leñador...

—¡Ah! no se escapará; me parece ya verle.