—Yo ya lo veía. Anoche...

—¡Lástima!—decía hermana Rufa;—morirse todos antes de la Pascua, cuando vienen con sus regalos... Hubiesen esperado al año nuevo...

La calle se iba animando poco á poco: primero fueron los perros, gallinas, cerdos y palomas los que intentaron la circulación; á estos animales siguieron unos chicos andrajosos, cogidos del brazo y acercándose tímidamente hacia el cuartel; después, algunas viejas, con el pañuelo en la cabeza atado debajo de la barba, un grueso rosario en la mano, aparentando rezar para que los soldados les dejasen el paso libre. Cuando se vió que se podía andar sin recibir un tiro, entonces empezaron á salir los hombres, afectando indiferencia; al principio, sus paseos se limitaban por delante de su casa, acariciando el gallo; después probaron alargarlos, parándose de tiempo en tiempo, y así se llegaron hasta delante del tribunal.

Al cuarto de hora circularon otras versiones. Ibarra con sus criados había querido robar á María Clara, y capitán Tiago la había defendido, ayudado por la guardia civil.

El número de los muertos no era ya catorce, sino treinta; capitán Tiago está herido y se marcha ahora mismo con su familia para Manila.

La llegada de dos cuadrilleros, conduciendo en unas parihuelas una forma humana, y seguidos de un guardia civil, produjo gran sensación. Súpose que venían del convento; por la forma de los pies que colgaban, una conjeturó quién podía ser; un poco más lejos se dijo que lo era; más allá el muerto se multiplicó y se verificó el misterio de la Santísima Trinidad; después se renovó el milagro de los panes y los peces, y los muertos fueron ya treinta y ocho.

A las siete y media, cuando llegaron otros guardias civiles, procedentes de los pueblos vecinos, la versión que corría era ya clara y detallada.

—Acabo de venir del tribunal, donde he visto presos á don Filipo y á don Crisóstomo,—decía un hombre á hermana Putê;—he hablado con uno de los cuadrilleros que están de guardia. Pues bien, Bruno, el hijo de aquel que murió apaleado, lo declaró todo anoche. Como sabéis, capitán Tiago casa su hija con el joven español; don Crisóstomo, ofendido, quiso vengarse y trató de matar á todos los españoles, hasta al cura; anoche atacaron el cuartel y el convento; y felizmente, por la misericordia de Dios, el cura estaba en casa de capitán Tiago. Dicen que se escaparon muchos. Los guardias civiles quemaron la casa de don Crisóstomo, y si no le prenden antes, le queman también.

—¿Le quemaron la casa?

—Todos los criados están presos. ¡Ved como todavía se ve desde aquí el humo!—dice el narrador acercándose á la ventana;—los que vienen de allá cuentan cosas muy tristes.