Todos miran hacia el sitio indicado: una ligera columna de humo subía aún lentamente al cielo. Todos hacen comentarios más ó menos piadosos, más ó menos acusadores.

—¡Pobre joven!—exclama un viejo, el marido de la Putê.

—¡Sí!—le contesta ella;—pero mira que ayer no mandó decir misa por el alma de su padre, que sin duda la necesitará más que los otros.

—Pero, mujer, ¿no tienes tú compasión?...

—¿Compasión de los excomulgados? Es un pecado tenerla con los enemigos de Dios, dicen los curas. ¿Os acordáis? ¡En el campo santo andaba como en un corral!

—Pero si el corral y el campo santo se parecen,—responde el viejo;—sólo que en aquél no entran más que animales de una especie...

—¡Vamos!—le grita hermana Putê;—todavía vas á defender á quien Dios tan claramente castiga. Verás como te prenden á tí también. ¡Sostén una casa que se cae!

El marido se calló ante el argumento.

—¡Ya!—prosigue la vieja;—después de pegar al padre Dámaso, no le quedaba más que matar al padre Salví.

—Pero no me puedes negar que era bueno cuando chico.