Y fuése á la huerta seguido de la criada, que se ocultaba detrás de él; las mujeres y la misma hermana Putê venían detrás, llenas de temor y curiosidad.
—Allá está, señor,—dijo la criada deteniéndose y señalando con el dedo.
La comisión se detuvo á respetable distancia, dejando al viejo avanzar solo.
Un cuerpo humano, colgado de la rama de un santol[1], se balanceaba suavemente, impulsado por la brisa. Contemplóle el viejo algún tiempo; vió aquellos pies rígidos, los brazos, la ropa manchada, la cabeza doblada.
—No debemos tocarle hasta que llegue la justicia,—dijo en voz alta;—ya está rígido; hace mucho que está muerto.
Las mujeres se acercaron poco á poco.
—Es el vecino que vivía en aquella casita, el que ha llegado hace dos semanas; ved la cicatriz en la cara.
—¡Ave María!—exclamaron algunas mujeres.
—¿Rezamos por su alma?—preguntó una joven luego que hubo acabado de mirarlo y examinarlo.
—¡Tonta, hereje!—le riñe la hermana Putê,—¿no sabes lo que dijo el padre Dámaso? Es tentar á Dios rezar por un condenado; el que se suicida se condena irremisiblemente; por esto no se le entierra en lugar sagrado.