Y añadía:

—Ya me parecía que ese hombre iba á concluir mal; jamás pude averiguar de qué vivía.

—Yo le vi dos veces hablar con el sacristán mayor,—observó una joven.

—¡No sería ni para confesarse ni para encargar una misa!

Acudieron los vecinos, y un numeroso corro rodeó el cadáver, que aún continuaba oscilando. A la media hora vinieron un alguacil, el directorcillo y dos cuadrilleros; éstos lo descendieron y pusieron sobre unas parihuelas.

—La gente tiene prisa por morir,—dijo riendo el directorcillo, mientras se quitaba la pluma que tenía encima de la oreja.

Hizo sus preguntas capciosas, tomó declaración á la criada á quien procuraba enredar, ya mirándola con malos ojos, ya amenazándola, ya atribuyéndole palabras que no había dicho, tanto que ella, creyendo que iba á la cárcel, empezó á llorar y acabó por declarar que no buscaba guisantes sino que... y sacaba por testigo á Teo.

En el entretanto, un campesino con un ancho salakot y en el cuello un gran parche, examinaba el cadáver y la cuerda.

La cara no estaba más amoratada que el resto del cuerpo; encima de la ligadura se veían dos rasguños y dos pequeños cardenales ó equimosis; las rozaduras de la cuerda eran blancas y no tenían sangre. El curioso campesino examinó bien la camisa y el pantalón, notó que estaban llenos de polvo y rotos recientemente en algunos sitios; pero lo que más llamó su atención fueron las simientes de amores-secos[2] pegadas hasta en el cuello de la camisa.

—¿Qué estás viendo?—le pregunta el directorcillo.