—Estaba viendo, señor, si le podía reconocer,—balbuceó medio descubriéndose, esto es, bajando más el salakot.

—¿No has oído que es un tal Lucas? ¿Estás durmiendo?

Todos se echaron á reir. El campesino, corrido, profirió algunas palabras, y retiróse cabizbajo, andando lentamente.

—¡Oy! ¿á dónde vais?—le grita el viejo;—¡por allí no se sale; por allí se va á casa del muerto!

—¡Todavía duerme el hombre!—dice el directorcillo con burla; habrá que echarle agua encima.

Los circunstantes volvieron á reir.

El campesino dejó el sitio donde tan mal papel había jugado, y se dirigió á la iglesia. En la sacristía preguntó por el sacristán mayor.

—¡Duerme aún!—le contestaron groseramente;—¿no sabéis que anoche saquearon el convento?

—Esperaré á que despierte.

Miráronle los sacristanes con esa grosería propia de gentes acostumbradas á ser mal tratadas.