En un rincón, que quedaba en sombras, dormía el tuerto en una silla larga. Los anteojos estaban colocados sobre la frente entre los largos mechones de pelos; el pecho, escuálido y raquítico, estaba desnudo y se elevaba y deprimía con regularidad.
El campesino sentóse cerca, dispuesto á aguardar pacientemente, pero se le cae una moneda y va á buscarla, ayudado de una vela, debajo del sillón del sacristán mayor. El campesino nota también simientes de amores secos en el pantalón y en las mangas de la camisa del dormido que despierta al fin, se restriega el único ojo sano, é increpa al hombre con bastante mal humor.
—¡Quería mandar decir una misa, señor!—contesta en tono de disculpa.
—Ya se han concluído todas las misas,—dice entonces el tuerto dulcificando un poco su acento;—si quieres para mañana... ¿Es para las almas del Purgatorio?
—No, señor,—contesta el campesino dándole un peso.
Y mirándole fijamente en el único ojo, añadió:
—Es para una persona que pronto va á morir.
Y abandonó la sacristía.
—¡Le hubiera podido pillar anoche!—dijo suspirando, mientras se quitaba el parche y se enderezaba para recobrar la cara y la estatura de Elías.