—¡Pues no se ha hecho usted esperar!—le dice el alférez.
—Preferiría no asistir,—contesta el padre Salví en voz baja, sin hacer caso de aquel tono amargo;—soy muy nervioso.
—Como no ha venido nadie por no dejar el puesto, juzgué que su presencia de usted... Ya sabe usted que esta tarde salen.
—¿El joven Ibarra y el teniente mayor...?
El alférez señaló hacia la cárcel.
—Ocho están allí,—dijo;—el Bruno murió á medianoche, pero su declaración ya consta.
El cura señaló á doña Consolación, que respondió con un bostezo y un ¡aah! y ocupó el sillón debajo del retrato de S. M.
—¡Podemos empezar!—repuso.
—¡Sacad á los dos que están en el cepo!—mandó el alférez con voz que procuró hacer lo más terrible que pudo, y volviéndose al cura, añadió, cambiando de tono:
—¡Están metidos saltando dos agujeros!