Para los que no están enterados de estos instrumentos de tortura, les diremos que el cepo es uno de los más inocentes. Los agujeros en que se introducen las piernas de los detenidos distan entre sí poco más ó menos de un palmo; saltando dos agujeros, el preso se encontraría en una posición un poco forzada, con una singular molestia en los tobillos y una abertura de las estremidades inferiores de más de una vara: no mata al instante, como muy bien se puede imaginar.

El carcelero, seguido de cuatro soldados, retiró el cerrojo y abrió la puerta. Un olor nauseabundo y un aire espeso y húmedo se escaparon de la densa obscuridad á la vez que se oyeron algunos lamentos y sollozos. Un soldado encendió un fósforo, pero la llama se apagó en aquella atmósfera viciada y corrompida, y tuvieron que esperar á que el aire se renovase.

A la vaga claridad de una bujía se columbraron algunas formas humanas: hombres, abrazados á sus rodillas y ocultando la cabeza entre ellas, acostados boca abajo, de pie, vueltos á la pared, etc. Oyóse un golpear y rechinar, acompañados de juramentos: se abría el cepo.

Doña Consolación estaba medio inclinada hacia adelante, tendidos los músculos del cuello, con los ojos salientes clavados en la entreabierta puerta.

Entre dos soldados salió una figura sombría, Társilo, el hermano de Bruno. En las manos tenía esposas; sus vestidos, desgarrados, descubrían una bien desarrollada musculatura. Sus ojos se fijaron insolentemente en la mujer del alférez.

—Este es el que se defendió con más bravura y mandó huir á sus compañeros,—dijo el alférez al padre Salví.

Detrás vino otro de aspecto desgraciado, lamentándose y llorando como un niño: cojeaba y tenía el pantalón manchado de sangre.

—¡Misericordia, señor, misericordia! ¡No volveré á entrar en el patio!—gritaba.

—Es un tunante,—observó el alférez hablando con el cura;—quiso huir, pero ha sido herido en el muslo. Estos dos son los únicos que tenemos vivos.

—¿Cómo te llamas?—preguntó el alférez á Társilo.