—Társilo Alasigan.
—¿Qué os prometió don Crisóstomo para que atacaseis el cuartel?
—Don Crisóstomo jamás se ha comunicado con nosotros.
—¡No lo niegues! Por eso quisisteis sorprendernos.
—Os equivocáis: matasteis á nuestro padre á palos, le vengamos y nada más. Buscad á vuestros dos compañeros.
El alférez mira al sargento sorprendido.
—Allá están en un despeñadero, allá los arrojamos ayer, allá se pudrirán. Ahora matadme: no sabréis nada más.
Hubo un momento de silencio.
—Nos vas á decir quiénes son tus otros cómplices,—profirió el alférez, blandiendo un bejuco.
Una sonrisa de desprecio asomó á los labios del reo.