El alférez conferenció algunos instantes, en voz baja, con el cura; y volviéndose á los soldados:

—¡Conducidle á donde están los cadáveres!—ordenó.

En un rincón del patio, sobre un carretón viejo están amontonados cinco cadáveres, medio cubiertos por un pedazo de estera rota, llena de inmundicias. Un soldado se pasea de un extremo á otro, escupiendo á cada instante.

—¿Los conoces?—preguntó el alférez, levantando la estera.

Társilo no respondió; vió el cadáver del marido de la loca con otros dos; el de su hermano, acribillado de bayonetazos y el de Lucas, aún con la soga al cuello. Su mirada se volvió sombría y un suspiro pareció escaparse de su pecho.

—¿Los conoces?—le volvieron á preguntar.

Társilo permaneció mudo.

Un silbido rasgó el aire y el bejuco azotó sus espaldas. Estremecióse, sus músculos se contrajeron. Los bejucazos se repitieron, pero Társilo siguió impasible.

—¡Que le den de palos hasta que reviente ó declare!—gritó el alférez exasperado.

—¡Habla ya!—le dice el directorcillo;—de todos modos te matan.