Volvieron á conducirle á la sala donde el otro preso invocaba á los santos, castañeteándole los dientes y doblándosele las piernas.
—¿Le conoces á ese?—preguntó el P. Salví.
—¡Es la primera vez que le veo!—contestó Társilo mirando con cierta compasión al otro.
El alférez le dió un puñetazo y un puntapié.
—¡Atadle al banco!
Sin quitarle las esposas, manchadas de sangre, fué sujetado á un banco de madera. El infeliz miró en derredor suyo como buscando algo y vió á doña Consolación; rióse sardónicamente. Sorprendidos los presentes, le siguieron la mirada y vieron á la señora, que se mordía ligeramente los labios.
—¡No he visto mujer más fea!—exclamó Társilo en medio del silencio general;—prefiero acostarme sobre un banco, como estoy, que al lado de ella, como el alférez.
La Musa palideció.
—Me vais á matar á palos, señor alférez,—continuó;—esta noche me vengará vuestra mujer al abrazaros.
—¡Amordazadle!—gritó el alférez temblando de ira.