Pareció que Társilo sólo deseaba la mordaza, porque, cuando la tuvo, sus ojos lanzaron un rayo de satisfacción.

A una señal del alférez, un guardia, armado de un bejuco, empezó su triste tarea. Todo el cuerpo de Társilo se contrajo; un rugido ahogado, prolongado, se dejó oir á pesar del lienzo que le tapaba la boca; bajó la cabeza: sus ropas se manchaban de sangre.

El P. Salví, pálido, con la mirada extraviada, se levantó trabajosamente, hizo una seña con la mano y dejó la sala con paso vacilante. En la calle vió una joven, apoyada de espaldas contra la pared, rígida, inmóvil, escuchando atenta, mirando al espacio, extendidas las crispadas manos contra el viejo muro. El sol la bañaba de lleno. Contaba, al parecer sin respirar, los golpes secos, sordos y aquel desgarrador gemido. Era la hermana de Társilo.

En la sala continuaba entretanto la escena: el desgraciado, rendido de dolor, enmudeció y aguardó á que sus verdugos se cansasen. Al fin, el soldado jadeante, dejó caer el brazo y el alférez, pálido de ira y asombro, hizo una seña para que le desatasen.

Doña Consolación se levantó entonces y murmuró al oído del marido algunas palabras. Este movió la cabeza en señal de inteligencia.

—¡Al pozo con él!—dijo.

Los filipinos saben lo que esto quiere decir; en tagalo lo traducen por timbaín[1]. No sabemos quién habrá sido el que ha inventado este procedimiento, pero juzgamos que debe ser bastante antiguo. La Verdad, saliendo de un pozo, es quizás su sarcástica interpretación.

En medio del patio del tribunal se levanta el pintoresco brocal de un pozo, hecho groseramente con piedras vivas. Un rústico aparato de caña, en forma de palanca, sirve para sacar agua, viscosa, sucia y de mal olor. Cacharros rotos, basura y otros líquidos se reunían allí, pues aquel pozo era como la cárcel; allí pára cuanto la sociedad desecha ó da por inútil; objeto que dentro caiga, por bueno que haya sido, ya es cosa perdida. Sin embargo, no se cegaba jamás: á veces se condena á los presos á ahondarlo y profundizarlo, no porque se piense sacar de aquel castigo una utilidad, sino por las dificultades que el trabajo ofrece: preso que allí una vez ha descendido, coge una fiebre de la que muere casi siempre.

Társilo contemplaba todos los preparativos de los soldados con mirada fija; estaba muy pálido y sus labios temblaban ó murmuraban una oración. La altivez de su desesperación parecía haber desaparecido ó, cuando menos, debilitado. Varias veces dobló el erguido cuello, y fijó la vista en el suelo, resignado á sufrir.

Lleváronle al lado del brocal, seguido de doña Consolación, que sonreía. Una mirada de envidia lanzó el desventurado hacia el montón de cadáveres y un suspiro se escapó de su pecho.