—¡Habla ya!—volvió á decirle el directorcillo;—de todos modos te ahorcan; al menos muere sin haber sufrido tanto.
—De aquí saldrás para morir,—le dijo un cuadrillero.
Le quitaron la mordaza y le colgaron de los pies. Debía descender de cabeza y permanecer algún tiempo debajo del agua, lo mismo que hacen con el cubo, sólo que al hombre le dejan más tiempo.
El alférez se alejó para buscar un reloj y contar los minutos.
Entre tanto Társilo pendía, su larga cabellera ondeaba al aire; tenía los ojos medio cerrados.
—Si sois cristianos, si tenéis corazón,—murmuró en tono de súplica,—bajadme con rapidez ó haced de modo que mi cabeza choque contra la pared y me muera. Dios os premiará esta buena obra... ¡quizás un día os veáis como yo!
El alférez volvió y presidió el descenso, reloj en mano.
—¡Despacio, despacio!—gritaba doña Consolación siguiendo al infeliz con la vista;—¡cuidado!
La palanca bajaba lentamente, Társilo rozaba contra las piedras salientes y las plantas inmundas que crecían entre las grietas. Después, la palanca cesó de moverse: el alférez contaba los segundos.
—¡Arriba!—mandó secamente al cabo de medio minuto.