El ruido argentino y armonioso de las gotas de agua cayendo sobre el agua anunció la vuelta del reo á la luz. Esta vez, como el peso del balancín era mayor, subió con rapidez. Los pedruscos y guijarros, arrancados de las paredes, caían con estrépito.
Cubiertas de asqueroso cieno la frente y la cabellera, llena la cara de heridas y rozaduras, el cuerpo mojado y goteando, apareció á los ojos de la multitud silenciosa: el viento le hacía estremecerse de frío.
—¿Quieres declarar?—le preguntaron.
—¡Cuida de mi hermana!—murmuró el infeliz mirando suplicante á un cuadrillero.
La palanca de caña rechina de nuevo y el condenado vuelve á desaparecer. Doña Consolación observó que el agua permanecía tranquila. El alférez contó un minuto.
Cuando Társilo volvió á subir, sus facciones estaban contraídas y amoratadas. Dirigió una mirada á los circunstantes y mantuvo abiertos los ojos, inyectados en sangre.
—¿Vas á declarar?—volvió á preguntar con desaliento el alférez.
Társilo movió negativamente la cabeza y volvieron á descenderle. Sus párpados se iban cerrando, sus pupilas seguían mirando al cielo donde flotaban blancas nubes; doblaba el cuello para seguir viendo la luz del día, pero pronto tuvo que hundirse en el agua, y aquel telón infame le ocultó el espectáculo del mundo.
Pasó un minuto; la Musa en observación vió gruesas burbujas de aire que subían á la superficie.
—¡Tiene sed!—dijo riendo.