Y el agua volvió á quedar tranquila.
Esta vez duró un minuto y medio y el alférez hizo una seña.
Las facciones de Társilo ya no estaban contraídas; los entreabiertos párpados hacían ver el fondo blanco del ojo; de la boca salía agua cenagosa con estrías sanguinolentas; el viento frío soplaba, pero su cuerpo ya no se estremecía.
Todos se miraron en silencio, pálidos y consternados. El alférez hizo una seña para que le descolgasen y se alejó pensativo; doña Consolación le aplicó varias veces á las desnudas piernas el botón de fuego de su cigarro, pero el cuerpo no se estremeció y se apagó el fuego.
—¡Se ha asfixiado á sí mismo!—murmuró un cuadrillero;—mirad como se ha vuelto la lengua como queriéndosela tragar.
El otro preso contemplaba la escena temblando y sudando: miraba como un loco á todas partes.
El alférez encargó al directorcillo que le interrogase.
—Señor, señor!—gemía;—¡diré todo lo que vosotros queráis!
—¡Bueno! vamos á ver: ¿cómo te llamas?
—¡Andong[2], señor!