—¿Bernardo... Leonardo... Ricardo... Eduardo... Gerardo... ó qué?

—¡Andong, señor!—repitió el imbécil.

—Póngale usted Bernardo ó lo que sea,—decidió el alférez.

—¿Apellido?

El hombre le miró espantado.

—¿Qué nombre tienes, qué te añaden al nombre Andong?

—¡Ah, señor! ¡Andong Medio tonto, señor!

Los circunstantes no pudieron contener la risa; el mismo alférez detuvo su paseo.

—¿Oficio?

—Podador de cocos, señor, y criado de mi suegra.