Nosotros nos diferenciamos de todos. Pese á las inscripciones de las tumbas, casi ninguno cree en que descansan los muertos, y menos en paz. El más optimista se imagina á sus bisabuelos tostándose aún en el Purgatorio, y, si no sale condenado, todavía podrá acompañarlos por muchos años. Y quien nos quiera contradecir, que visite las iglesias y los cementerios del país durante este día, observe y verá. Pero ya que estamos en el pueblo de San Diego, visitemos el suyo.

Hacia el oeste, en medio de los arrozales, está, no la ciudad, sino el barrio de los muertos: conduce á él una estrecha vereda, polvorosa en días de calor y navegable en días de lluvia. Una puerta de madera y un cerco mitad de piedra y mitad de caña y estacas, parecen separarle del pueblo de los hombres, pero no de las cabras del cura y algunos cerdos de la vecindad, que entran y salen para hacer exploraciones en las tumbas ó alegrar con su presencia aquella soledad.

En medio de aquel vasto corral se levanta una grande cruz de madera sobre un pedestal de piedra. La tempestad ha doblado su INRI de hoja de lata, y la lluvia ha borrado las letras. Al pie de la cruz, como en el verdadero Gólgota, están en confuso montón calaveras y huesos, que el indiferente sepulturero arroja de las fosas que va vaciando. Allí esperarán probablemente, no la resurrección de los muertos, sino la llegada de los animales, que con sus líquidos les calienten y laven aquellas frías desnudeces.—En los alrededores recientes excavaciones se notan: acá el terreno está hundido, allá forma pequeña colina. Crecen en toda su lozanía el tarambulo y el pandakakî[1]: el primero para pinchar las piernas con sus espinosas bayas, y el segundo para añadir su olor al del cementerio por si éste no olía bastante. Sin embargo, matizan el suelo algunas florecitas, flores que, como aquellos cráneos, son ya únicamente conocidas de su Criador: la sonrisa de sus pétalos es pálida, y su perfume es el perfume de los sepulcros. La hierba y las trepadoras cubren los rincones, se encaraman por las paredes y nichos vistiendo y hermoseando la desnuda fealdad; á veces penetran por las hendiduras que hicieran temblores y terremotos, ocultando á las miradas los venerables vacíos de la tumba.

A la hora en que entramos, los hombres han ahuyentado á los animales; sólo alguno que otro cerdo, animal difícil de convencer, se asoma con brillantes ojitos sacando la cabeza por un gran hueco de la cerca, levanta el hocico al aire y parece decir á una mujer que reza:

—No lo comas todo; déjame algo ¿eh?

Dos hombres cavan una fosa cerca del muro que amenaza desplomarse: el uno, que es el sepulturero, lo hace indiferentemente: arroja vértebras y huesos, como un jardinero piedras y ramas secas; el otro está preocupado, suda, fuma y escupe á cada momento.

—¡Oye!—dice el que fuma, en tagalo.—¿No sería mejor que cavásemos en otro sitio? Esto es muy reciente.

—Son tan recientes unas fosas como otras.

—¡No puedo más! Ese hueso que has partido aún sangra... ¡hum! ¿y esos cabellos?

—Pero ¡qué delicado eres!—le reprocha el otro.—¡Ni que fueras tú escribiente del Tribunal! Si hubieses desenterrado, como yo lo he hecho, un cadáver de veinte días, por la noche, á obscuras, lloviendo... Se apagó mi linterna.