El otro se estremeció.

—El ataúd se desclavó, el muerto medio salió, olía... y tenerlo tú que cargar... y llovía, y estábamos ambos mojados, y...

—¡Brrr! Y ¿por qué lo has desenterrado?

El sepulturero le miró con extrañeza.

—¿Por qué? ¿lo sé yo acaso? ¡Me lo han mandado!

—¿Quién te lo mandó?

El sepulturero medio retrocedió y examinó de pies á cabeza á su compañero.

—¡Hombre! pareces un español; las mismas preguntas me hizo después un español, pero en secreto. Pues te voy á contestar como al otro: me lo mandó el cura grande.

—¡Ah! y ¿qué has hecho después del cadáver?—continuó preguntando el delicado.

—¡Diablo! si yo no te conociera y supiera que eres hombre, diría que verdaderamente eres español civil: preguntas como el otro. Pues... el cura grande me mandaba que lo enterrase en el cementerio de los chinos, pero como el ataúd era pesado y el cementerio de los chinos está lejos...