—¡No, no! ¡yo no cavo más!—interrumpió el otro, lleno de horror, soltando la pala y saltando de la fosa;—he partido un cráneo y temo que no me deje dormir esta noche.

El sepulturero soltó una carcajada al ver como el melindroso se alejaba haciéndose cruces.

El cementerio se iba llenando de hombres y mujeres, vestidos de luto. Algunos buscaban algún tiempo la fosa, disputaban entre sí, y, como si no estuviesen acordes, se separaban y cada cual se arrodillaba donde le parecía mejor; otros, los que tenían nichos para sus parientes, encendían cirios y se ponían devotamente á rezar; oíanse también suspiros y sollozos que se procuraban exagerar ó reprimir. Ya se oía un run run de orápreo, orápreiss y requiemæternams.

Un viejecito, de ojos vivos, entró descubierto. Al verle, muchos se rieron, y algunas mujeres fruncieron las cejas. El viejo parecía no hacer caso de tales demostraciones, pues se dirigió al montón de cráneos, se arrodilló y buscó algún tiempo con la mirada algo entre los huesos; después con cuidado fué apartando los cráneos uno tras otro, y como si no encontrase lo que buscaba, arrugó las cejas, movió á un lado y otro la cabeza, miró á todas partes, y finalmente se levantó y se dirigió al sepulturero.

—¡Oye!—le dijo.

Este levantó la cabeza.

—¿Sabes dónde está una hermosa calavera, blanca como la carne del coco, con una completa dentadura, y que yo tenía allí al pie de la cruz, debajo de aquellas hojas?

El sepulturero se encogió de hombros.

—¡Mira!—añadió el viejo enseñándole una moneda de plata;—no tengo más que esto, pero te la daré si me la encuentras.

El brillo de la moneda le hizo reflexionar, miró hacia el osario y dijo: