La luz fué mas viva i dorada por algun tiempo i la angostura mas ancha i derecha, pero allá a lo léjos se divisaba una columna negra que cerraba el camino en toda su altura, como si fuera su término. Así anduvo el viajero una inmensa distancia, hasta que vió distintamente que la columna no era un cuerpo perpendicular, como le habia parecido, sino una abertura profunda, que indicaba que el camino continuaba oscuro como una caverna, estrecho i sinuoso. Por un instante sintió que el corazon se le oprimia, pero un rayo de su mente le representó la imájen de Lucero i cayó sobre su corazon, desahogándolo i dándole contento.

¡Adelante! dijo, i penetró en las tinieblas. Pero al punto tropezó en un estorbo, i una voz gutural, ronca i desapacible como la que sale de un pecho enfermo, esclamó:—«Cuidado con mi pierna, que es la mala, mi buen Guillermo! Eres valiente i sagaz. ¡Bravo! Has dado pruebas mas espléndidas que las que dió en su mocedad nuestro hijo Napoleon el Grande. ¡Eres mas grande tú! ¡Eres un Wellington! I a propósito, ¿sabes que ese diantre de viejo se conserva todavía en todos sus brios i comiendo uvas como un viñatero?»

Mr. Livingston habia reconocido al mismo Asmodeo, su compañero en la tribuna, que estaba allí sentado en el suelo i que le miraba con sus ojos redondos i ardientes.

—¿Qué hace usted aquí? le preguntó sorprendido.

—Hijo, le respondió, me adelanté a tí luego que te ví triunfar de la sierpe, pues te habia seguido desde la entrada, i aquí me he puesto a esperarte.

—¿Para qué?

—Para aconsejarte que no sigas adelante. Me das lástima, i me intereso por un valiante como tú.

—Estoi decidido: yo no vuelvo a la Cueva, suceda lo que sucediere.

—¡Ah, tú no sabes lo que te espera!

—Pero usted lo sabe i me lo dirá.