—Me gusta tu confianza. Pues, hijo, aquí, en esta noche de mar en tempestad en que vas a entrar, te encontrarás con una bandada; nó, con una turba, ménos: con una atmósfera de cuervos voraces que te harán pedazos i para quienes no valdrán los conjuros que te ha enseñado Lucero.

—Yo venceré, pasaré adelante.

—Lo creo, tú te volverás águila, porque puedes hacerlo i pelearás, hasta salir desplumado. Pero mas adelante i en el término de la salida, no te valdrá ninguna brujería, ningun ensalmo, ningun valor. Allí el suelo está erizado de bayonetas, al estremo de no haber donde pueda pisar un mosquito; i la atmósfera está cruzada en todas direcciones de balas de todos los calibres imajinables, que te matarían aunque te volvieras pulga. Hijo, yo te lo digo con esperiencia: con los cuervos i los soldados que manejan aquellas armas no hai medio, pues que los unos pican i los otros matan todo lo que no les pertenece. Lo mejor es no hacerles frente, no luchar con ellos a la descubierta, i dejarlos que solos entre sí se piquen i se destrozen, porque cuando tienen enemigos que combatir, se unen i se hermanan respectivamente a las mil maravillas.

—Es cierto que yo no debo combatir ni resistir.

—Ya, pero tampoco debes siquiera presentarte a esos monstruos en ningun caso. Un hombre cuerdo no lo hace jamas. Lo que importa es huir bien léjos de ellos, dejarlos aislados, solos, que se devoren en su propio fuego.

—¿Qué hacer entónces?

Asmodeo se quedó pensativo un rato. Luego continuó:—Hombre, yo te salvaría, pero no puedo hacer nada de valde, i tú no admites condiciones. ¿Me darías tu alma?

—La tengo dada a Lucero.

—Para dirijirla solamente, para ser tu padre espiritual.

—Lucero me dirije.