—¡Qué diablos!... Pero me ayudarias allá en el mundo en algunas cosas que yo te encargaria de vez en cuando?
—Eso sí, con tal de que no me estraviase de mi principal mision.
—¡No hai temor! Yo tengo hecho ya el ánimo a ver triunfar la democracia. Los hombres son hombres siempre, i tanto me da pescarlos en China como en Inglaterra, en Turquía como en la Union Norte Americana. Vamos, manos a la obra.
El viejecillo se levantó, i dando una cabriola, volvió las espaldas al ingles. Súbitamente se desprendieron de su joroba dos enormes alas de murciélago, que desplegó con natural donaire. En la articulacion superior de esas alas aparecieron dos pequeños cuernos rosados que las coronaban graciosamente.
—Ya está, esclamó, échate sobre mí i aférrate de esos cuernecitos. Cuernos de cabron fueron los que te simbraron a la playa del mar cuando entraste a la Cueva, i cuernos de murciélago son los que te sacan para lanzarte a la ceja de la cordillera. Lo mismo da, i saldrás como has entrado.—Dijo i partió volando hácia arriba como una bomba arrojada por el mortero.
El vuelo fué atroz, violento, mas veloz que el huracan, mas impetuoso que el rayo. Don Guillermo, aferrado de los cuernos i tendido en las espaldas de Asmodeo, sentia silbar el aire en sus oidos, veia precipitarse como una ilusion las montañas hácia abajo, i un vértigo doloroso le quitó el sentido. El instinto o mas bien la crispadura de sus nervios, le mantuvo asido a los cuernos.
Asmodeo llegó arriba i sentó airoso su planta. Sacudió el cuerpo i tiró su carga al suelo. El ingles estaba exánime, lívido, sin pulso. El viejo le echó una mirada al soslayo, sonriéndose; i haciendo una castañeta con ambas manos, ahuecó su boca dándole el sonido burlesco de un calabozo, i se lanzó a la Cueva como un águila sobre su presa...
XXII.
1841.
El sol estaba en su zenit, i desprendia a torrentes sobre la tierra esa luz caliente, confortante, clara, nítida, espléndida con que nos regala en un dia de junio, cuando el suelo está ennegrecido por la lluvia, i los árboles en esqueleto nos presentan su triste desnudez.
La bóveda celeste ostentaba toda su pureza, ni un vapor la empañaba, i su limpio azul relucia mas, en vez de atenuarse, con el esplendor del sol. La vista podia dilatarse i penetrar bastas las últimas ondas de aquel éter dulcísimo que azula nuestro cielo en un dia de invierno.