Ese calor vivificante obró en los miembros ateridos de nuestro héroe, que vuelto en sí, recobró todo su vigor i se puso de pié. Estaba en la cumbre de una montaña, a cuyo pié se estendia manso, inmenso i portentoso el océano: allá a lo léjos se divisaba una franja de espuma blanca como la nieve, describiendo el mismo curso de la base de las colinas, que formaban una estensa bahía. En el fondo aparecian como columnas flotantes algunos buques que surcaban las olas, i otros se veian de costado ostentando todo el lujo de sus velas, como las gaviotas que se columpian en sus alas desplegadas. Al pié de la montaña se elevaban columnas de humo, i en los últimos declives se distinguian casas apiñadas, cuyos techos de diversos colores estaban limpios como despues de un aguacero.

Don Guillermo suspiró con efusion inefable, i sintió que las lágrimas se le agolpaban i le eclipsaban la vista. Se arrodilló i oró......

Despues de pasada esta primera impresion consagrada a Dios, reconoció que estaba en una senda que se prolongaba por toda la ceja de la montaña i descendia al mar.

—¡Este es el camino de Carretas, dijo; no hai duda! ¡¡¡Allí está Valparaiso!!!....

I corrió como un niño hácia abajo, lanzando gritos de alegría i ajitando sus brazos de contento. Despues de largo tiempo, se sintió fatigado; paró, se sentó en una peña, i desde allí descubrieron sus ojos una ciudad estensa, cuyas calles se prolongaban a la orilla del mar, formadas por edificios elegantes, limpios i de variados colores. Sintió el bullicio, i en las casas que faldeaban las colinas mas próximas, vió el movimiento de los habitantes.

—¡Nó, esclamó tristemente, nó; Valparaiso no es ese, no es tan grande, no es así! ¡Adonde estoi!

Mucho rato estuvo absorto, pero sin pensar en nada; i al fin su vigorosa intelijencia despertó.

Se puso en marcha de nuevo, pero pausadamente i aun con tristeza. Así comenzó a penetrar por entre las primeras casas, i no siéndole estraño el tipo de las jentes que encontraba, paró enfrente de unas mujeres que cosian tomando sol a la puerta de una habitacion.

—¿Qué barrio es este, niñas? les preguntó en buen español.

—El cerro de Carretas, señor, le respondieron con afabilidad.