—Gracias, dijo, i siguió su camino.
—Mira, ¡qué gringo tan buen mozo! oyó que decia una mujer.
—¡Qué pálido! ¡De dónde vendrá! decia otra.
Don Guillermo iba mas tranquilo, i su continente era ya el de un hombre que ha sufrido grandes desgracias, mas calmado.
El sol descendia tras de la punta de Curaumilla, cuando el ingles bajaba las últimas laderas de la quebrada del Arrayan i penetraba por callejuelas estrechas i barrosas.
Despues de algunos minutos desembocaba a la plaza Municipal i se dirijia sin vacilar a la calle de la Planchada. Multitud de jentes cruzaban en todas direcciones, pero nadie se dignaba echar una mirada sobre el viajero. Entre tanto él los miraba a todos i a cada momento creia encontrar a algun antiguo conocido; el corazon le palpitaba con violencia, la cabeza se le reventaba i sentia vahidos que le hacian sudar, las piernas le flaqueaban: tal era la fuerza de su emocion al verse salvo en los mismos sitios donde ántes soñó venturas.
De repente i casi maquinalmente, paró en el hotel de Francia, en cuya ancha puerta habia unos franceses con sendos i poco fragantes puros en la boca, hablando todos a un tiempo, sans façon, como si estuvieran en casa. El ingles entró derecho, i ellos, haciéndole paso, le miraron de alto a abajo, no sin fijarse en el hermoso sobretodo que le cubria su elevado cuerpo, hasta mas abajo de las rodillas.
En el patio se presentó un mozo, i Mr. Livingston se dirijió a él preguntándole por madama Ferran.
—Ya no está aquí, señor, le dijo aquel, tiene ahora el hotel de Europa.
—¿A dónde?